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Personajes de Aragón

La Junta DirectivaF.Javier Duplá sj.14 de junio de 1998

ARAGONÉS: UNA IDENTIDAD PLENA DE SIGNIFICADOS, PERO POCO CONOCIDA (¿Y POR ESO POCO RECONOCIDA?)

En Venezuela, como en todos los países de Hispanoamérica, el aragonés no es muy conocido en comparación con el gallego, el canario, el andaluz, el vasco y el catalán. Las agrupaciones aragonesas no cuentan con muchos miembros, porque de Aragón se emigra poco y porque Aragón no tiene muchos habitantes, apenas poco más de un millón, de los cuales más de la mitad se concentran en Zaragoza. Sin embargo, Aragón ha tenido una figuración histórica importantísima en la historia de España, cuando el pabellón aragonés en unión con Cataluña se extendía por todo el Meditarráneo en los siglos XIV y XV, y cuando luego dio lugar a la fundación de la nación española como parte constitutiva equiparable a Castilla en la unión de Fernando e Isabel. Aragón mantuvo sus fueros hasta donde pudo, pero cuando los vientos absolutistas de Felipe II le obligaron a dejarlos, lo hizo con brío y terquedad, hasta ofrendar la vida en la persona del Justicia Mayor Juan de Lanuza (1591). Salió a defender la identidad y la integridad española frente a las tropas del general Napoleón Bonaparte y prefirió ver destruida su capital a rendirse. Es por lo tanto una historia de brío y esfuerzo, una historia de generosidad y de sacrificio por el bien común.

Aragón ha sido siempre agrícola, conformado en buena parte por tierras improductivas y difíciles de trabajar. Las márgenes del valle del Ebro, que culminan en el seco desierto de Los Monegros, o las tierras altas de Teruel desaconsejan cualquier empresa agrícola rentable. Sólo los valles del Somontano oscense o las vegas de ríos como el Jalón son más aptos para la agricultura o la ganadería. Esta circunstancia de dureza ha contribuido a configurar un carácter austero, sufrido, terco y esforzado, que son las características más conocidas y resaltadas en el folklore nacional respecto del aragonés. Cada uno es hijo de su tierra, y en el hombre y la mujer aragoneses se cumple ese dicho cabalmente.
James Michener, excelente escritor norteamericano, relata en su libro de viajes por España intitulado “Iberia” la impresión que le produjo una familia labradora turolense en el primer viaje que realizó a España allá por los años 30. La pobreza solemne, llevada con seria dignidad: un solo atuendo para todos los días, un solo traje de fiesta para los días especiales, el ajuar doméstico imprescindible, sin adornos, compuesto de piezas gastadas, el piso de tierra apisonada en una casa limpísima. Y junto a la pobreza material, una hospitalidad abierta y franca, que ofrece lo poco que tiene con máxima generosidad; un sentido de la vida positivo, que le confiere seguridad; pocas palabras, pero sentidas; timidez en las expresiones afectivas, pero total confianza en los demás.
Es verdad que estamos hablando de tiempos pasados, que posiblemente tienen poco que ver con la agitación actual de los núcleos urbanos, con la mecanización del campo, con las excelentes carreteras y la intercomunicación rapidísima con la sociedad global. Aragón, como todo el mundo occidental, ha sido penetrada por una cultura uniformadora, que impone aspiraciones y disfrutes, imposibles de imaginarse hace tan sólo dos generaciones. Pienso sin embargo que las raíces básicas no están en el vértigo actual, que borra peculiaridades y diferencias, sino en el pasado, y es bueno justamente resaltarlas para no perderlas, porque encierran tesoros que pueden y deben enriquecer una manera de vivir como la contemporánea, que ofrece muchas ventajas materiales, pero que puede convertir la existencia en algo demasiado vacío, chato y sin relieve.
Al pensar en las virtudes características del aragonés se me viene a la mente “Nobleza baturra”, una película de los años 50, creo que con Aurora Bautista como protagonista, que paseó las cualidades y defectos del aragonés por todo el territorio español: la franqueza en decir las cosas, la nobleza, el empeño en perseverar – que puede caricaturizarse como terquedad -, un sentido del humor campesino y primario, una religiosidad basada principalmente en la devoción a la Virgen del Pilar, una confianza irrestricta en los demás, que puede llegar a caer en la ingenuidad. Son virtudes y defectos de una sociedad campesina, que se pueden representar en escena como lo hacía el gran humorista Paco Martínez Soria, que ponía a reir a la gente con las aventuras y desventuras del campesino tosco e ingenuo, que sólo entiende las cosas desde su ámbito provinciano y desconfía de las agitaciones y complicaciones del medio urbano.
Uno de los hombres que mejor ha comprendido y estimado las virtudes y el espíritu aragonés es el luchador por la independencia de Cuba, José Martí, que estudió en la Universidad de Zaragoza entre 1873 y 1874, donde se graduó de Leyes. Esto dice José Martí del aragonés que él conoció en aquellos tiempos:


Para Aragón en España
tengo yo en mi corazón
un lugar todo Aragón,
franco, fiero, fiel, sin saña.

Si quiere un tonto saber
por qué lo tengo, le digo
que allí tuve un buen amigo
y allí quise a una mujer.

Allá, en la vega florida,
la de la heroica defensa,
por mantener lo que piensa
juega la gente la vida.

Y si un alcalde lo aprieta
o lo enoja un rey cazurro
calza la manta el baturro
y muere con su escopeta.

Quiero a la tierra amarilla
que baña el Ebro lodoso:
quiero el Pilar azuloso
de Lanuza y de Padilla.

Estimo a quien de un revés
echa por tierra a un tirano:
lo estimo, si es un cubano,
lo estimo, si aragonés 

(José Martí, “Versos sencillos”, 1891)

¿Vale la pena tratar de conservar esas virtudes, purificándolas de su amalgama con los defectos de la exageración? Sin duda alguna que sí. La sociedad moderna sufre una crisis de identidad, debida en buena parte a la falsedad de las relaciones humanas. Esas relaciones se encuentran con frecuencia mediatizadas por una intención de aprovecharse del otro, de utilizarlo, de hacerlo servir a propósitos de enriquecimiento o de ascenso social. No es así la amistad aragonesa tradicional: soy amigo de corazón, porque simpatizo y congenio con el otro, porque comparto muchas cosas en común, porque tenemos las mismas raíces. Esto nos lleva a ayudarnos con generosidad y sin cálculos. La nobleza, la franqueza, la honestidad, la sinceridad, todas ellas virtudes que caracterizan al aragonés de pro, son la base indispensable para una convivencia social humana, agradable y fructífera.
Los tiempos que vivimos están marcados por la devaluación de la palabra, la que se pronuncia y la que se escribe. Desdecirse, cambiar de opinión, negar lo que se afirmó hace un rato, parece que no tiene importancia. Esto trae consigo una desconfianza básica, un no saber a qué atenerse en las relaciones con los demás. Esto no lo puede tolerar un aragonés ni una persona sincera y recta. Aunque no fuera sino esa la herencia que dejáramos a las generaciones futuras – en lugar de pensar tanto en el dinero y en la posición social, les dejaríamos la mejor herencia que un hombre puede aspirar a dejar: el ejemplo de una vida íntegra, de la solidez de su palabra, de la seguridad de su amistad.

ARAGONESES ILUSTRES A LO LARGO DE LA HISTORIA

1. Letras y filosofía

En el terreno de las letras comienzo por Marcial, natural de Calatayud, la Bilbilis romana, que escribió famosos epigramas o composiciones cortas y satíricas en verso. De él dice Menéndez y Pelayo (Enciclopedia Espasa-Calpe, tomo 20, p. 302): “De Marcial puede decirse tanto bueno como malo, y para todo habría textos en el inmenso fárrago de sus epigramas, elegantes y donosos muchas veces, brutales otras, hasta el último grado de cinismo; interesantes todos para el historiador, deliciosos algunos para el crítico de buen gusto”. Fue una sensación en la Roma de Tito y Domiciano, y lo leían como un inmenso periódico satírico. De él dice José Javier Iso Echegoyen (“Aragón en el Mundo”, Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 1988, p 60): “Lo que le ha granjeado un lugar destacado en la literatura mundial es – además de la maestría en el uso de la lengua y los recursos del género – la inmortal agudeza en el uso de la palabra, del verso punzante, y con la mayor concentración y economía imaginables”. Es el primer escritor de lo que luego sería Aragón, que entra en la literatura universal.

Otro aragonés ilustre fue el filósofo musulmán Avempace, introductor de la filosofía aristotélica en Occidente, caracterizada por una lógica racional y una visión científica del mundo, en contraposición a la corriente dominante hasta entonces, caracterizada por su platonismo y misticismo. Nació en Zaragoza entre 1085 y 1090 y descolló como músico, poeta y médico. Cuando Zaragoza fue ocupada por los almorávides en 1110, fue nombrado visir, pero cuando los cristianos conquistan Zaragoza ocho años después se vio obligado a emigrar. Murió en Fez, al parecer envenenado, en 1139 (Joaquín Lomba Fuentes, en “Aragón en el Mundo”, p. 65 y ss.).

Mucho menos conocido que Avempace es el escritor judío Ben Paquda, también del siglo XI, y que escribió Los deberes de los corazones, una preciosa obra teológico-ascética “en la que hace la apología de la vida religiosa interior, consciente, responsable, frente a la puramente ritual, formal y externa. Esa vida religiosa interior, de los corazones, está regida, fundamental y primariamente, por la razón, por el sentido común”. (Joaquín Lomba Fuentes, en “Aragón en el Mundo”, p. 69).

“Puente entre Oriente y Occidente”, llama María Jesús Lacarra a Pedro Alfonso, judío converso del siglo XII y nacido en Huesca cuyos Diálogos contra los judíos contiene un resumen de las tres doctrinas: la cristiana, la judía y la musulmana, que él expone tan bien, que “sin temor a exagerar puede decirse que mucho de lo que en la Edad Media se conocía del Islam procedía de Pedro Alfonso” (María Jesús Lacarra, en “Aragón en el Mundo”, p. 73 y ss.). Su conversión al cristianismo (se llamaba Moisés siendo judío) significó una conmoción en la judería oscense. Fue también un gran conocedor de la astronomía y elaboró unas tablas astronómicas para calcular los eclipses solares, así como Disciplina clericalis, una obrita didáctica muy copiada en la posteridad.

Los amantes de Teruel, leyenda situada en el siglo XIII, ha servido para dar a conocer esta región de Aragón en muchas partes del mundo. Fueron los amantes Diego Juan Martínez de Marcilla e Isabel Segura, quienes murieron de amor por la negativa del padre de Isabel a consentir su matrimonio. La leyenda, que los críticos hacen derivar de una novela de Boccaccio, ha servido para que literatos y músicos compusieran obras de relieve, entre otros Tirso de Molina y el maestro Tomás Bretón. (Enciclopedia Espasa-Calpe, tomo 60, p. 1577).

Los hermanos Lupercio y Bartolomé Leonardo de Argensola, nacidos en Barbastro (Huesca) en 1559 y 1562 y muertos en 1613 y 1631 respectivamente. Bartolomé se ordenó de sacerdote, mientras que Lupercio fue hombre de corte. Ambos destacaron como poetas y cronistas de Aragón. Fueron elogiados por Cervantes, Lope de Vega y por Marcelino Menéndez Pelayo. Fueron conocidos por su lenguaje castizo y por su pensamiento reflexivo y crítico. 

Otro gran escritor, de género muy distinto, fue el jesuita Baltasar Gracián y Morales, nacido en Belmonte de Calatayud en 1601 y muerto en Tarazona en 1658. Su obra más conocida es El Criticón, en la que presenta a dos viajeros que van observando “todas las clases, estados y condiciones de la sociedad, y se describen con vivísimos colores los engaños y vicios de cada una de ellas, a los cuales se contraponen elevadas máximas filosóficas y morales”. (Enciclopedia Espasa-Calpe, tomo 26, p. 895). Schopenhauer afirmaba de esta obra que era uno de los mejores libros del mundo. Además de otros muchos escritos, Gracián publicó también Agudeza y Arte de Ingenio, verdadero manual del conceptismo. Junto con Séneca y Quevedo, constituye el trío de mejores exponentes de un sentido crítico y sentencioso del ser humano y de la vida.

También tiene una veta senequista uno de los mejores literatos del siglo XX español, Ramón J. Sender (1901-1982), nacido en Alcolea de Cinca, Huesca. Fidelidad, fatalismo y sencillez dice José-Carlos Mainer (“Aragón en el Mundo”, p. 401) son las constantes que Sender redescubre de viejo en su tierra aragonesa, después de un periplo vital que le llevó a recorrer y a vivir en Europa y América. Pero mucho antes había sido conocido ampliamente en el ámbito de lo que se denominaba las izquierdas por sus ideas anarquistas y comunistas, y había llegado a ser la mejor pluma con que contara el bando republicano en la guerra civil española. Sender se distanció de sí mismo y es cuando, libre de ideologías, escribe sus mejores obras de teatro, ensayo y novela, por las que ha recibido reconocimiento universal.

Pedro Laín Entralgo, nacido en la villa turolense de Urrea de Gaén el 15 de febrero de 1908, posiblemente el aragonés más ilustre de los que aún viven, ha destacado como pensador y escritor, especialmente como médico historiador de la medicina. Pero también ha sido activo en prácticamente todos los campos de las humanidades: filología, filosofía, dramaturgia, política, etc. Su libro La espera y la esperanza es uno de los más conocidos. (José Ortega Spottorno, EL PAÍS, 14 de febrero de 1998)

2. Ciencias

En el terreno científico hay dos nombres muy destacados: Miguel Servet en el Renacimiento y Santiago Ramón y Cajal en la Edad Contemporánea. Miguel Servet es natural de Villanueva de Sijena, en Huesca, y nació en 1511. Hombre inteligente y cosmopolita, médico de profesión, experto en astronomía, tuvo problemas con las autoridades por la intrepidez con que defendía sus convicciones. Es conocido por haber descubierto la circulación menor de la sangre, pero eso no le salvó de morir condenado en la hoguera por Calvino, junto con un libro que se consideró herético, y del que no se retractó en el proceso. Por eso ha llegado a ser símbolo mundial de la libertad de expresión.

Mariano Lagasca, un botánico de fama mundial, nació en Encinacorba (Zaragoza) en 1776 y “ha sido considerado como la figura más sobresaliente de la botánica española” (Vicente Martínez Tejero, en “Aragón en el Mundo”, p. 308 y ss.).

Santiago Ramón y Cajal nació en Petilla de Aragón en 1852 y falleció en 1934 a los 82 años. Fue un hombre de ciencia de categoría universal, autodidacta en su laboratorio experimental de neurobiología, que él instaló en el desván de su casa en Zaragoza y luego de anatomía microscópica y bacteriología en Valencia y Barcelona. A los 40 años llegó a Madrid y se hizo famoso por sus estudios sobre el sistema nervioso. Recibió muchos premios, hasta ganar el Nobel de Medicina en 1906. Hombre de cultura universal, le atrajo también la pintura, el dibujo, la filosofía, la literatura y la gimnasia. “En sus escritos literarios hay constantes referencias a sus preocupaciones por elevar la cultura de los españoles. Defensor siempre de las clases menos favorecidas, le dolía que se perdiesen talentos por falta de instrucción. Su alto patriotismo y su vocación por la verdad científica fueron los caminos que siguió a lo largo de su vida”. (Santiago Ramón y Cajal Junquera, en “Aragón en el Mundo”, Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 1988, p 376).

Un gran naturalista, entomólogo bien conocido entre los especialistas, es el P. Longinos Navás, jesuita nacido en Cabacés (Tarragona) en 1858, pero aragonés de corazón, que desarrolló gran parte de su obra científica y de enseñanza desde el Colegio El Salvador, de Zaragoza entre 1892 y 1932. Murió el 31 de diciembre de 1938. Fue el descubridor de 2.684 especies y 244 variedades nuevas, agrupadas en 16 órdenes de insectos y uno de arácnidos, así como de 388 géneros nuevos, que él describió y clasificó. Fundó un museo muy valioso por su colección de neurópteros y abundancia de fósiles (Juan Jesús Bastero Montserrat s.j., “Longinos Navás, cientifico jesuita”, Universidad de Zaragoza, 1989, p. 18).

3. Bellas Artes

Gaspar Sanz, sacerdote, escritor y músico aragonés, nacido en Calanda (Teruel) en 1640 y muerto en Madrid en 1710. Especialista en guitarra, compuso muchas piezas, entre otras una titulada Suite española (1674) y escribió en tres tomos una Instrucción de música sobre la guitarra española.

Pero el aragonés más universal de todos los tiempos es sin duda Francisco Goya y Lucientes, el genial pintor, nacido en Fuendetodos (Zaragoza) en 1746 y muerto en Burdeos en 1828. Su padre, que era dorador, se trasladó a Zaragoza cuando el niño tenía 3 años, pero este permaneció en el pueblo hasta los 14 años. Estudió pintura en Zaragoza, luego en Madrid, donde fue discípulo de Bayeu, y por fin en Roma, llevado de una a otra parte por su carácter impetuoso e inquieto. Fue pintor de la corte, trabajó arduamente y fue reconocido como el mayor pintor de su época. Los trabajos para la Real Fábrica de Tapices, los retratos de personajes de la corte, incluyendo los reyes, de un realismo impactante y crudo, los cuadros costumbristas y Los caprichos, grabados de imaginación tenebrosa y alucinada, se cuentan entre sus obras principales. Picasso, el artista más influyente del siglo XX, tenía a Goya como a su ídolo.

Pablo Gargallo, el escultor aragonés más universal, nace en Maella (Zaragoza) en 1881 en el seno de una humilde familia rural. Su familia se traslada 7 años después a Barcelona, donde Pablo muestra pronto sus extraordinarias dotes como escultor. París y la Ciudad Condal van a ser las dos ciudades en las cuales vive y desarrolla su arte, que conjuga originalmente la destreza en las tallas de bulto con la creación de un estilo nuevo y personalísimo, la escultura en hueco, donde con elementos metálicos simples y sugestivos produce obras de arte atrevidas y magníficas. Forma parte del grupo de mejores artistas mundiales de su época: Picasso, Gris, Modigliani, Braque, Apollinaire. Su salud precaria le lleva a una temprana muerte en Reus en 1924. (Antonio Fortún Paesa, en “Aragón en el Mundo”, Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 1988, pp. 388 y ss.).

Luis Buñuel, el cineasta español más famoso, nació en Calanda (Teruel) en 1900 y murió en 1983. Antiguo alumno del colegio “El Salvador” (Zaragoza), atormentado por sus fantasmas religiosos y sexuales, se convirtió en el mejor representante del surrealismo en el séptimo arte. Las películas más conocidas de él son Viridiana (1961), que lo lanzó a la controversia política y lo enemistó con las autoridades religiosas. Diario de una camarera (1963), La vía láctea (1968), Tristana (1970), El discreto encanto de la burguesía (1972) y, su última producción: Ese obscuro objeto del deseo (1973).

Miguel Fleta, uno de los mejores tenores de todos los tiempos, nació en Albalate del Cinca (Huesca) el 1° de diciembre de 1897. De familia humilde y agricultora, da a conocer sus dotes increíbles para el canto en un concurso de jotas en Villanueva del Gállego en 1917. Se traslada a Barcelona, donde, gracias a la protección de Luisa Pierrick, gran profesora de canto, es introducido al mundo de la ópera. Entre 1919 y 1938 recorre los mejores teatros del mundo interpretando todas las óperas más famosas. El mundo artístico reconoce que no ha habido una voz como la suya, superior en algunos registros a la de Caruso. Muere prematuramente en La Coruña el 29 de mayo de 1938. (Pedro A. Santolaria Barranco, en “Aragón en el Mundo”, Caja de Ahorros de la Inmaculada, Zaragoza, 1988, pp. 379 y ss.).

Carlos Saura, oscense, nacido en 1932, es otro cineasta importante, entre cuyas producciones figuran La caza y La prima angélica.

4. Política y gobierno

Fernando el Católico, rey de Castilla y de Aragón, nacido en Sos (Zaragoza), en 1452 y muerto en 1516. Desde muy pronto “aprendió el mancebo el arte de sortear las situaciones difíciles, empleando, según convenía, la diplomacia o los recursos bélicos” (ESPASA-CALPE, tomo 23, p. 854 y ss.). Según cuenta la historia tuvo que sortear muchos obstáculos, hasta el extremo de disfrazarse de arriero, para entrevistarse con Isabel, que era su prima, y ambos quedaron encantados uno de otro. Se casaron en 1469 en contra de Enrique IV, hermano de Isabel y al morir éste las cortes proclamaron a Isabel reina de Castilla. Los dos hechos más importantes de su reinado son la unificación de los reinos, con lo que nace la nación española, y la conquista de Granada y la consiguiente expulsión de los musulmanes en 1492.

Pedro Pablo Abarca de Bolea, Conde de Aranda, primer ministro bajo Carlos III, nacido en 1718 y muerto en 1799, “es uno de los personajes más salientes de la historia de España, y su influencia en los destinos políticos, sociales, económicos y religiosos de la nación ha sido indudable”. (ESPASA-CALPE, tomo 1, pp. 172 y ss.). Hombre duro y tenaz, convencido de las ideas de la Ilustración, creía que la lucha contra la Iglesia era un elemento indispensable en el engrandecimiento de la nación española. Tiene ciertos parecidos caracteriológicos con el Papa Luna.

José de Palafox, general de la guerra de la Independencia, nacido en Zaragoza en 1776 y muerto en Madrid en 1847, famoso por la defensa de la ciudad asediada por los franceses en dos sitios consecutivos en 1808 y 1809. A un despacho del general Verdier que le proponía la rendición con estas palabras: Paz y capitulación, le contestó con estas no menos lacónicas: Guerra y cuchillo. 

5. Religión. Hagiografía

No se puede pensar de un aragonés sin una devoción muy grande a Nuestra Señora del Pilar, patrona de Aragón, de España y de la Hispanidad. Documentada desde el siglo XII y arraigada en una tradición mucho más antigua, la devoción a la Virgen del Pilar saltó a la fama universal con motivo del milagro de Calanda en 1640, por el que la Virgen restituyó la pierna cortada y enterrada meses antes a Miguel Pellicer, hecho testificado y comprobado por centenares de testigos que fueron a visitar al favorecido. Los milagros más importantes, sin embargo, ocurren con frecuencia a los pies de la Virgen: transformaciones interiores, reconciliaciones, impulsos a la santidad. La devoción a la Virgen del Pilar se ha extendido pricipalmente por Hispanoamérica, donde más de 70 lugares geográficos llevan el nombre de Pilar, Virgen del Pilar o Santa María del Pilar. Particularmente notable es, en Europa, la presencia pilarista en la isla de Malta.

Entre los santos aragoneses más famosos se pueden enumerar:
Santa Engracia, muy venerada en Zaragoza aunque nacida en Braga de Portugal. Sufrió el martirio en Zaragoza en el año 304 junto con innumerables mártires a quienes perseguía ferozmente Daciano, gobernador de Hispania. La cripta donde se guardan sus restos en la iglesia de su nombre es hermosísima, comparable con las romanas.
San Valero, obispo de Zaragoza, nacido en ella y muerto en Francia en el año 315. Su episcopado coincidió con la persecución de Diocleciano y Maximiano, a pesar de lo cual San Valero y su diácono San Vicente propagaron la fe cristiana por lo que fueron conducidos ante Daciano. Valero, ya anciano, fue desterrado y Vicente, martirizado.
San Braulio, preclaro obispo de Zaragoza, patrono de la ciudad como san Valero, muerto en el año 646 y muy influyente entre los reyes visigodos.
Santa Isabel de Portugal nació en el palacio de la Aljafería de Zaragoza hacia 1271 y casó por razones de Estado con el monarca lusitano don Dionís. Su vida estuvo marcada por un espíritu de generosidad franciscana y por el sufrimiento consiguiente a los devaneos de su esposo y a los avatares de la complicada política que le tocó vivir. (Ángel San Vicente, en “Aragón en el mundo”, pp. 136-144).

Pedro Martínez de Luna, el papa Benedicto XIII en la obediencia de Aviñón, nació en 1328 en Illueca (Zaragoza), segundón de una familia noble en momentos de crisis del sistema señorial, se especializó en Derecho en Montpellier, muy cerca de Aviñón, donde estaba instalado el papado desde 1309. Fue hecho cardenal por Gregorio XI, Papa que hizo regresar el solio pontificio a Roma. A su muerte se escinde la iglesia en dos obediencias: Roma y Aviñón. Y el papa de la sede francesa, Clemente VII, encomienda al Cardenal de Aragón difíciles misiones diplomáticas para recabar la obediencia de los reyes europeos, cosa que consigue el aragonés con notable éxito. Retirado en Reus y con 65 años, asiste el cónclave, de donde sale elegido papa por 20 de 21 votos. El cisma eclesiástico proseguía y el papa Luna siempre defendió sus derechos por encima de cualquier compromiso de arreglo, que él siempre sintió como una injerencia indebida de los poderes temporales en los asuntos de la Iglesia. Retirado en Peñíscola y activo hasta el final, murió a los 95 años en 1423.

San Pedro de Arbués, nacido en Épila en 1441, que llegó a ser inquisidor del reino de Aragón y murió en 1485 a manos de dos judíos en la iglesia mientras se disponía a cantar maitines. Posiblemente en el asesinato intervinieron nobles zaragozanos, inquietos por la pérdida de sus prerrogativas.

Jerónimo Martínez de Ripalda, jesuita español nacido en Teruel en 1536 y muerto en Toledo en 1618, se hizo famoso por su Catecismo y exposición breve de la doctrina cristiana, publicado en 1618, con el que aprendieron innumerables generaciones los fundamentos de la doctrina cristiana. 

San Pascual Bailón, nacido en Torrehermosa (Zaragoza) en 1540. De familia pobre, fue pastor en su infancia y juventud y se consagró a Dios como fraile franciscano en el convento de Menores de Albatesa (Valencia), Gran devoto de la Eucaristía, murió en 1592 y León XIII lo hizo patrono de todas las asociaciones eucarísticas.

San José de Calasanz, el santo más influyente en la educación cristiana, nació en Peralta de la Sal (Huesca), en 1557. En el Trastévere romano fundó “la primera escuela pública, popular, gratuita de Europa” (Dionisio Cueva, en “Aragón en el Mundo”, p. 228 y ss.), origen de las Escuelas Pías, la obra educativa religiosa que supo unir piedad y sabiduría. Por amor a los niños pobres y su educación rechazó las canonjías, el arzobispado y el cardenalato. Murió en 1648.

San José Pignatelli, restaurador de la Compañía de Jesús, que había sido suprimida por Clemente XIV en 1773. Nacido en Zaragoza, de familia emparentada con la nobleza española e italiana, fue el anillo de unión más importante, por sus virtudes y dotes de gobierno, entre la antigua y la nueva Compañía, que fue restaurada en 1814, tres años después de la muerte del santo (1811). Fue provincial en Italia, donde “restauró colegios, fomentó las misiones populares y formó nuevas vocaciones, y dio a todos... la sensación de que la nueva Compañía que renacía era la misma antigua, salvada misteriosamente en Rusia y rediviva en Italia con un estremecimiento de resurrección universal”. (M. Batllori s.j. en “Semblanzas espirituales de los santos y beatos de la Compañía de Jesús”, Eapsa, Madrid, 1974).

Beato Josemaría Escrivá de Balaguer¸ nació en Barbastro (Huesca) en 1902 y murió en Roma en 1975. Ordenado de sacerdote en 1925, fundó el Opus Dei en 1928, una sociedad religiosa para la santificación del laico en la vida ordinaria. La huella de su acción está presente en 58 países, algunos que no tienen mayoría de fe católica. Fue beatificado en 1992.

Conclusión

He reseñado brevemente algunas de las figuras aragonesas más destacadas por su vida y por sus hechos. Es cierto que habré omitido algunas de importancia, ausencia que podré corregir posteriormente. No quisiera, para concluir este sintético recorrido, decir que todos los aragoneses ilustres se parecen y que muestran rasgos semejantes de carácter y virtudes cimeras atribuidas a lo aragonés. Hay mucha disimilitud entre unos y otros. Sin embargo, no puedo resistir a la tentación de manifestar que algunos de los más representativos: Marcial, los Argensola, Baltasar Gracián, entre los literatos, y Goya, Buñuel y Saura entre los artistas, participan de un mismo espíritu de crítica sagaz, de visión amable en unos, descarnada en otros, de la realidad que les tocó vivir. Pero esa visión aguda y dolorosa les sirve para enseñar a los demás dónde está la hipocresía, la hinchazón, la vanidad de la sociedad humana. Encontramos por tanto, de una manera destacada en esos personajes, cualidades de carácter que se asemejan a la honradez llana del hombre del pueblo, a quien le gusta que llamen a las cosas por su nombre, que no se engañen con falsas apariencias. Por otra parte, los mejores espíritus aragoneses, hombres y mujeres destacados por su religiosidad y espíritu de servicio, nos señalan caminos certeros para superar los tiempos que vivimos.
Hasta aquí, los que fueron. Ahora estamos los que somos. Vivamos a la altura de los tiempos con la frente muy alta y el orgullo de ser aragoneses.

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